ANÁLISIS

La revolución azafrán

25/09/2007

Por Jesús Torquemada. El desafío a los militares que mandan en Birmania está subiendo de tono.
Jesús Torquemada, analista internacional. Foto: EiTB

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Jesús Torquemada, analista internacional. Foto: EiTB

Cada día hay más manifestantes en las calles, y crece la preocupación por la posibilidad de que los militares respondan con la represión, como ya hicieron con unas protestas similares en 1988.

Los militares birmanos llevan 45 años en el poder y no parecen tener ninguna intención de abandonarlo. Pero la protesta de los monjes budistas les ha descolocado. El detonante de las protestas ha sido el aumento de los precios. Como no hay una oposición organizada, pues su principal líder, la Premio Nobel de la Paz Suu Kyi está en arresto domiciliario, son los monjes los que han tomado la representación de la población. En Birmania, como en otros países del Sudeste Asiático, los monjes budistas son muy respetados y son prácticamente intocables.

Además, su protesta es pacífica y silenciosa. En sus manifestaciones no hay pancartas ni gritos; se limitan a desfilar y a hacer paradas ante los edificios oficiales. Por eso, ordenar la represión contra ellos puede ser peligroso para los militares, tanto a nivel internacional, porque eso ampliaría el boicot que ya sufren, como a nivel interno, porque causaría un mayor hartazgo de la gente con los dictadores. Y en el horizonte está siempre la posibilidad de la reanudación de la guerra con las minorías étnicas, como los karen o los shan, que habitan en las fronteras de Birmania con China y Thailandia. Los militares llegaron a precarios acuerdos de paz con ellos, pero es muy posible que esos conflictos se reanuden si la inestabilidad se extiende por Birmania.

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